Irina no durmió bien aquella noche. La basura y las cucarachas que rondaban el abandonado lazareto le recorrían el cuerpo bañado en sudor, fruto de unas fiebres soñadas pero muy reales.
Y es que aquel lazareto se tuvo que recomponer a toda prisa para recibir a tanto enfermo como había en el barco que, finalmente, había fondeado en la bahía de Gando para ir trasladando a tierra a los enfermos en barquillos.
Muchas historias quedaron allí encerradas para siempre: enfermos, voluntarios, sanitarios y gente que quedó en el camino, bien fuera en el barco o en el lazareto.
—Muchas historias, amigos, que hoy, cien años después, se repiten con esta pandemiaPandemia Enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. que estamos viviendo. El lazareto, gracias a una decisión acertada del alcalde de nuestra ciudad, y al trabajo de voluntarios que dejaron todo para ir al encuentro de aquellos pobres enfermos aún con la posibilidad de contagiarse y tal vez morir, salvó la vida a mucha gente —dijo Irina, a la que le quedaba solo el final para acabar su exposición.
Los chicos ya estaban a punto de redondear un excelente trabajo de aquel equipo que, a pesar de las adversidades, se lanzó a la aventura de aprender, extendiendo sus brazos imaginarios para tocarse el alma y crecer juntos.
—Bueno, Irina. Debes estar superorgullosa de «Desde las trincherasDesde las trincheras Nombre del grupo de trabajo.» —le dijo la indígena después de que la comunicación con el grupo se acabara por ese día—. ¡Vaya, cómo han crecido todos de la mano! La evolución de sus mentes ha sido bestial desde la primera aventura hasta ahora —continuó Gara—. El proceso evolutivo que he notado yo, que lo veo desde fuera…
—Vale, Darwin y la evolución de las especies, y tú, ahí andan… ¿No fue así como me llamaste la última vez? Pues ya te la devuelvo, te la puedes llevar. ¡Ja, ja, ja!
—¡Qué fuerte, Irina! Te repito que lo de la evolución y tú… a veces, como que no. Te he puesto en bandeja el final de la aventura, pero veo…
—¡Ah, sí! Lo tengo preparado. ¡Casi me olvido! Darwin, Humboldt y tú, ¡ja, ja, ja! Como el título de una canción hortera. Vale, vale, perdón. ¡Que no, que es broma! Allá voy.
Por ahora, hablo, pienso y sueño en el plan que he cocinado para ir a las Islas Canarias. Hace tiempo que tengo el deseo de ver paisajes y vegetaciones tropicales y, según Humboldt, Tenerife es un buen ejemplo de ellos.
[…] Tuvimos mar en calma por un día entre Tenerife y la Gran Canaria, y aquí experimenté por primera vez un gran placer: la vista era maravillosa…
—Estos son dos fragmentos de las cartas que Darwin escribió a cuenta de su viaje a las Islas Canarias —dijo Irina para acabar su parte de la tarea—. El 6 de enero de 1832, a bordo del Beagle, llegó el flamante científico al puerto de Santa Cruz, pero no pudo pisar tierra firme porque estaban obligados a cumplir una cuarentena de doce días a cuenta de una epidemia de cólera que se había desatado en la isla. Y se dieron media vuelta sin que Darwin cumpliera su sueño: visitar la isla.
Y con estas referencias a textos del gran científico la joven dio por concluida su intervención.
—Gara, me siento ahora mismo avanzando por el camino con Yauci, Darwin, Humboldt, Pepe, Manuela, Marco, Bernardino, Gilbert, Jonas, Reynald y, por supuesto, contigo. Y, si no cogidos físicamente de las manos, sí conectados con el corazón. Me siento protegida por todos ellos. También noto la cercanía de los enfermos del lazareto.
—Y mira detrás —dijo Gara—. Allá, a lo lejos, vienen cogidos de la mano también los mil cien presos políticos que fueron trasladados desde el campo de concentración de La Isleta hasta el lazareto de Gando.
—¡Sí, Gara, es verdad! Los fanatismos, las guerras y la falta de libertad también son epidemias. ¡Todos juntos a luchar! Como nuestro grupo del instituto. ¡Aprendiendo para mejorar este planeta!
—¡Efectivamente, amiga Irina! Ese es el secreto de la verdadera vacuna.
12 de junio de 2020